
El año 2025 deja un sabor agridulce. Por un lado, el vigor económico y los avances tecnológicos están mejorando la vida de millones de personas; por otro, el cambio climático y los conflictos bélicos arrojan sombras e incertidumbre sobre el panorama del planeta. La política ha visto el ascenso del populismo y la debilitación de las democracias, pero los mercados han sobrevivido a los aranceles, a las guerras comerciales y a la ruptura de las cadenas logísticas sufrida en la pandemia. Los frutos de la prosperidad tienen sin embargo como reverso el volumen de la deuda global y el desarrollo de la inteligencia artificial se basa en centros de datos consumidores de recursos hídricos y energéticos; mientras tanto, los fenómenos meteorológicos extremos proliferan, recordando el avance tenaz del cambio climático, y las pugnas geopolíticas fracturan el mundo.
En el ámbito internacional, el segundo mandato de Donald Trump ha desconcertado a muchos con sus estrategias disruptivas, pero ha hecho también esfuerzos de pacificación y ha obligado a Europa a enfrentarse con sus insuficiencias; al mismo tiempo, su imprevisibilidad ha dejado a la China en ascenso de Xi Jinping como principal garante de estabilidad en un entorno frágil y cambiante. Y en una España que sigue procurando reparar las heridas materiales y morales de la dana valenciana, el ejercicio registró dos sucesos catastróficos: el gran apagón de abril, que paralizó, desconectó y sumió en la oscuridad al país, subrayando la dependencia de las redes eléctricas y poniendo de manifiesto la dimensión del riesgo que asumimos; y los devastadores incendios de agosto, que mostraron las consecuencias del éxodo rural y la falta de previsión en la gestión de un territorio irrerversiblemente afectado por la mutación del clima.
Pero, frente al cúmulo de desgracias que abren los telediarios y llenan las portadas de la prensa, de la guerra de Ucrania o la cruel devastación de Gaza a la creciente polarización ideológica o la extensión de la corrupción económica y la degradación ética, más de cien mil personas salieron de la pobreza extrema cada día del año, y ningún día fueron noticia; los marginados por su condición étnica o de género lo fueron cada vez menos; y la producción cultural floreció impetuosamente, extendiendo los beneficios del conocimiento y la belleza a un número cada vez mayor de ciudadanos.
Aunque el planeta sea más frágil, y la reanudación de la carrera armamentística nuclear siga amenazando nuestro futuro, algunos acontecimientos arquitectónicos alimentan la esperanza: entre abril y octubre, la Expo 2025 reunió en Osaka a más de un centenar de países bajo el lema ‘Diseñar la sociedad del futuro para nuestras vidas’, y situó a todos dentro de un monumental anillo de madera diseñado por Sou Fujimoto que sirvió como emblema de la voluntad colectiva de poner la cooperación internacional al servicio de la vida; en noviembre, el Gran Museo Egipcio diseñado por Heneghan Peng pero ejecutado con poca fortuna abrió sus puertas al lado de las pirámides de Giza, tras dos décadas de obras y con asistencia de dignatarios de ochenta naciones, lo que subraya la centralidad cultural y política del país en una zona fracturada por conflictos seculares, donde los acuerdos de Abraham primero y la insegura paz en Palestina después han abierto una pausa expectante.
En ese camino de optimismo, el pacto alcanzado por Trump y Xi en su cita de octubre en Corea del Sur —que afecta tanto a los aranceles manejados intimidatoriamente por el estadounidense como a las tierras raras cuyo control otorga a China una estratégica ventaja en el desarrollo tecnológico— es un avance indudablemente positivo, en la medida que estimula la cooperación antes que el conflicto entre las dos superpotencias, que en su pulso por la inteligencia artificial compiten por el acceso a los chips, y que tienen la tentación permanente de extender su pugna comercial al terreno militar. Pero en un panorama vertiginosamente cambiante, en el mundo hay más dudas que certezas, y solo podemos esforzarnos en hallar luz entre las sombras, para no permitir que el desánimo y la resignación sigan avanzando en la cabeza y el corazón de los pasajeros de la nave espacial Tierra.
Mientras tanto, un cierre de ejercicio es el lugar adecuado para recordar a los viajeros que nos han dejado. Amigos próximos como el arquitecto Antonio Vázquez de Castro, el artista y académico Gustavo Torner, la coleccionista Helga de Alvear o la escritora y política Dulce Xerach; arquitectos de varias generaciones, como Heliodoro Dols, Rafael Olalquiaga, Miguel de Oriol, José Manuel López-Peláez o Manuel Gausa; ingenieros con vocación cultural como Javier Rui-Wamba; y urbanistas tan presentes en el debate hispano como el portugués Nuno Portas. En el ámbito internacional debemos añadir al japonés Hiroshi Hara, los estadounidenses Ricardo Scofidio y David Childs, los británicos Nicholas Grimshaw y Terrence Farrell, el peruano y francés Henri Ciriani, el sueco Lars Lerup o el chino Kongjian Yu, figuras que se suman a otras tan admiradas por los arquitectos como el cineasta David Lynch, el mecenas Aga Khan IV, la galerista Kristin Feireiss o el fotógrafo Sebastião Salgado. Además de estas pérdidas, hemos prestado especial atención aquí a seis personas que compartieron parte del camino con Arquitectura Viva: Françoise Choay, Léon Krier, François Chaslin, Javier Alau, Robert Stern y Frank Gehry, a los que despedimos con emocionados obituarios.



Cortesía del Gran Museo Egipcio