
Incendio en Zamora, 12 de agosto
Las temperaturas tórridas de agosto vinieron acompañadas de llamas y cenizas: incendios devastadores que inflamaron también ánimos impotentes y la desolación íntima de haber perdido a dos amigos inseparables de nuestra historia. Estas llamas materiales y esas cenizas emocionales se revuelven y mezclan en la memoria ominosa de un estío que abrasó por igual los paisajes de la Península y las vidas de dos arquitectos estrechamente vinculados a esta revista. François Chaslin, que escribió regularmente aquí desde 1989, murió el 7 de agosto en una playa bretona; y Javier Alau, que diagramó los primeros números de AV y realizó todas las portadas entre 1985 y 2000, falleció tres días después en un hospital madrileño. A ambos rendimos homenaje en páginas anteriores, acompañando el obituario del gran crítico francés con el último texto que escribió para nosotros, en el que se desgranan episodios del trayecto compartido; y enriqueciendo la despedida del exquisito esteta español con una selección comentada de algunas de sus noventa cubiertas. El duelo por sus desapariciones se enredó inextricablemente con los incendios de agosto, un infierno de llamas que ha dejado en la boca un sabor a ceniza.
El 4 de agosto recibí la invitación del profesor Liam Ross para intervenir en su curso de posgrado ‘Thinking with Fire’ en la Universidad de Edimburgo. El arquitecto había elegido para su curso una bibliografía muy breve, que incluía el clásico de Gaston Bachelard La Psychanalyse du feu, mi libro de 1991 El fuego y la memoria, y el de Stephen Pyne de 2000 Vestal Fire: este último defensor del término ‘Piroceno’, que propone sustituir al más común ‘Antropoceno’ como nuevo nombre de nuestra época geológica. Pues bien, ese mismo día comenzó a quemarse el monte próximo a Tarifa, cuatro días más tarde el incendio de la mezquita de Córdoba —una pequeña catástrofe cuya rápida detección impidió que fuera trágica— ocupaba las portadas de los periódicos, y una semana después estaba huyendo con mi familia del fuego en la sierra de la Plata, atrapado en un atasco agobiante entre los vehículos que escapaban de las llamas, el humo y la ceniza.
Fuimos afortunados, porque conseguimos plaza en un hotel a solo una hora de carretera, y nos permitieron regresar a la casa en la noche del día siguiente, con el incendio sustancialmente controlado. El fuego había calcinado parte del seto perimetral del jardín, pero tanto la vegetación adulta de pinos, palmeras, higueras y araucarias como la construcción estaban intactas, por más que cubiertas de ceniza. Y la ceniza protagonizaría los pocos días que seguimos aún allí, porque arrastrada por el viento se depositaba en piscina, terraza e interiores de la casa. Estas mínimas incomodidades personales palidecen frente al drama que durante varias semanas más reflejaron las noticias, con medio centenar de incendios devastando montes y pueblos, entre los lamentos por la falta de medidas preventivas durante el invierno y la insuficiencia de medios de extinción durante este verano de fuego. Así que sí, seguramente ‘thinking with fire’ será cada vez más necesario, tanto para los bomberos y los ingenieros forestales como para los urbanistas y arquitectos; y sí, quizá el término ‘Piroceno’ sirva para describir estos tiempos abrasados y el rastro de ceniza que nos dejan en el ánimo los fuegos de agosto.