
Marcel Broodthaers, Salle blanche, 1975
En su displicente respuesta a Polonio, Hamlet pone en cuestión el valor de las palabras. La Fundación del Español Urgente, por el contrario, piensa que las palabras definen un tiempo y, siguiendo la pauta que se inició en Alemania a principios de los años setenta, procura cristalizar los acontecimientos y debates de un ejercicio eligiendo la palabra del año, que en 2025 ha sido ‘arancel’, protagonista también de la presentación de Arquitectura Viva en abril. Según El País, las palabras finalistas fueron ‘rearme’, ‘apagón’ y ‘macroincendio’, a las que por cierto se dedicaron los textos introductorios de marzo, mayo y agosto, así que esta revista parece estar en sintonía con FundéuRAE, que en años anteriores eligió ‘vacuna’ (2021), ‘inteligencia artificial’ (2022), ‘polarización’ (2023) y ‘dana’ (2024), asuntos estos que igualmente tratamos en detalle en los años correspondientes. Las palabras etiquetan los días, pero es posible que no sean sino las parole, parole, parole con las que Mina manifiesta su escepticismo ante las súplicas de Alberto Lupo en el dueto de 1972: palabras al cabo que se lleva el viento.
Aquí, sin embargo, intentamos dar cuenta del mundo mediante palabras, palabras además impresas obedeciendo a la cándida creencia de que verba volant, scripta manent, y no podemos sino aventurar cuáles pueden ser las que caractericen el año que comienza, procurando no confundir el deseo con el pronóstico. Si atendemos solo al deseo, la palabra que ojalá señale 2026 sería ‘tregua’: una pausa en el sinnúmero de conflictos que se despliegan por el planeta, ya que reclamar la paz perpetua linda con el desvarío; una pausa en el desarrollo de la inteligencia artificial, porque tanto ella como la biotecnología y la computación cuántica van a transformar el mundo en una dirección aún desconocida; y una pausa en el proceso de rearme de los nuevos bloques geopolíticos, que acaso pueden competir en los mercados y en las ideas sin multiplicar unos arsenales que acaben siendo usados. Y si limitamos esta expresión de esperanza al ámbito doméstico, se me ocurre que quizá ‘consenso’ y ‘vivienda’ podrían ser los dos términos que mejor iluminaran nuestro futuro común, que sin duda los necesita con urgencia.
Si transitamos del deseo al pronóstico, las palabras que se perfilan en el horizonte son otras. En la escena internacional, las tensiones entre las superpotencias pueden poner en primer plano los términos ‘híbrido’ y ‘drones’, porque tanto la guerra híbrida como los drones pueden extenderse del teatro ucraniano a muchos otros; y la fractura entre los Estados Unidos y Europa, que ha puesto de relieve la nueva Estrategia de Seguridad Nacional publicada por la Administración norteamericana, puede llegar a resumirse con la palabra ‘civilización’, dado que el declive tanto económico como tecnológico del Viejo Continente no es tan crítico como su pérdida de identidad y la ‘erradicación civilizatoria’ que ya no lo hace un aliado fiable para quienes se juzgan únicos defensores de los valores de Occidente. Y descendiendo al patio de Monipodio de nuestro guiñol peninsular, es difícil evitar el temor de que el término ‘corrupción’ sepulte bajo su aura tóxica cualquier debate racional sobre el camino colectivo por seguir: oiremos palabras, palabras, palabras, pero, a diferencia de Hamlet, no habrá método en esta nuestra locura.