Opinión 

Silencio y sentimiento

Jarmusch y Trier

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Silencio y sentimiento

Jarmusch y Trier

Luis Fernández-Galiano 
07/01/2026


Father Mother Sister Brother, de Jim Jarmusch 

Dos películas estrenadas en diciembre reúnen silencio y sentimiento. Father Mother Sister Brother, la obra de Jim Jarmusch que recibió el León de Oro de Venecia, explora sin apenas palabras los vínculos familiares en tres escenarios arquitectónicos diferentes; y Sentimental Value, la cinta de Joachim Trier que fue Gran Premio del Jurado en Cannes, retrata con extrema intensidad emocional la relación entre un padre y sus hijas en el marco de la mansión donde ha transcurrido su vida. Son trabajos de perfección minimalista, atentos al paso del tiempo, al significado del espacio y al papel de los objetos en su interacción con las trayectorias enredadas de sus protagonistas, y tan lacónicos en su lenguaje cinematográfico como grávidos en su densidad afectiva. Sus autores, el estadounidense Jarmusch, hijo de una crítica de cine, y nacido en Ohio en 1953, y el noruego Trier, perteneciente a una familia de cineastas, y nacido en Dinamarca en 1956, tienen una edad semejante, un alejamiento parecido del cine comercial y un aura de culto no ajena a esa marginalidad. Pero, pese a estos parentescos y a la comparable temperatura estética de sus últimas películas, su filiación fílmica es muy distinta: Jarmusch es devoto de la nouvelle vague de Truffaut o Godard —a la que por cierto Linklater acaba de dedicar una película nostálgica, lírica y didáctica—, y fertiliza su formación americana con la admiración por amigos europeos como Aki Kaurismäki o Roberto Benigni; Trier pertenece a la estirpe del también escandinavo Ingmar Bergman o el japonés Yasujiro Ozu, y es deudor de Jean Renoir o Federico Fellini, pero también se alimenta del hilo que une a Alfred Hitchcock con Paul Thomas Anderson.

El último trabajo del americano es un tríptico que se desarrolla en Nueva Jersey, Dublín y París: una casa aislada y desvencijada en el paisaje suburbano estadounidense, donde un padre excéntrico y tramposo interpretado por Tom Waits recibe la visita de sus hijos, Adam Driver y Mayim Bialik; una residencia cuidada en la periferia de la capital irlandesa, donde la atildada y gélida escritora de bestsellers Charlotte Rampling sirve un té exacto a las hijas que la visitan, Cate Blanchett y Vicky Krieps; y un piso elegante en el centro parisino, vaciado tras la muerte en accidente de la pareja que lo ocupaba, y donde los hermanos Indya Moore e Inka Sabbat evocan la vida de sus padres y su infancia entre aquellas paredes. Los tres episodios tienen las casas, los entornos y los automóviles como escenarios de la circulación de los personajes, y entre ellos se trenzan con una sucesión de anécdotas mínimas: los skaters en la carretera, la coincidencia cromática de los atuendos, los brindis con agua o las diferentes apariciones de un reloj Rolex, pero el mayor vínculo es la dificultad de las relaciones familiares, lastradas por la ignorancia mutua, la duplicidad o el engaño y el bloqueo emocional. En una coreografía de reencuentros y silencios, que a muchos recordará a su exquisita Paterson de 2016, esta leyenda del cine independiente retrata con pincel fino la complejidad humana, y lo hace desde el tiempo, el espacio y los objetos, conjugando con difícil sencillez poesía y verdad.

La película más reciente del director noruego regresa a la casa familiar que ya usó en 2011 en Oslo, 31 de agosto, y a la actriz que lanzó a la fama en 2021 con La peor persona del mundo, Renate Reinsve. La elegante mansión de madera donde se ha desarrollado la vida de los personajes es el escenario donde un anciano director de cine, interpretado por el gran Stellan Skarsgård, quiere rodar una última película que sirva a la vez de testamento biográfico y de instrumento de reconciliación con las dos hijas a las que ha prestado poca atención, la también actriz en la ficción Reinsve y su hermana menor, Inga Ibsdotter Lilleaas. La casa y los objetos son en efecto protagonistas de la cinta, depositarios de emociones e instrumentos de comunicación entre los miembros de esta familia fragmentada y sufriente, que se expresa en la pudorosa sordina característica del cine nórdico. El director asegura que «la ternura es el nuevo punk», y la materialización de esa tormenta emocional se atribuye a unos actores a la vez recatados e intensos, construyendo con ellos una historia que repara, redime y reúne. Trier piensa también que los actores son los mejores efectos especiales, y su empleo de los primeros planos a la manera de Bergman dotan de una profunda dimensión humana al artificio teatral del cine dentro del cine. Silencio y sentimiento, como en la película de Jarmusch, se hibridan para mostrar que, también en las pantallas, menos es más: menos ruido puede ser más emoción, porque la pausa lo es todo.

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Sentimental Value, de Joachim Trier 


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