
A los 96 años, Frank Owen Gehry murió en su casa de Santa Mónica el viernes 5 de diciembre. El arquitecto americano más popular desde Frank Lloyd Wright, que marcó un punto de inflexión en el arte de construir con su Guggenheim Bilbao, ha sido despedido en los medios como un titán (The New York Times) o un coloso (El País), y no será aquí donde se minusvalore su estatura. Sus edificios escultóricos y coreográficos han marcado una época, y estas revistas han seguido su itinerario creativo con fascinación y curiosidad. En 1986 escribía de él que venía a ser «una réplica salvaje en chapa galvanizada de las refinadas caligrafías neoconstructivistas», sin duda pensando en la remodelación enérgica y caótica de su casa, y ya en 1988 el primer número de Arquitectura Viva le dedicó la portada, ilustrando la influyente exposición del MoMA sobre las arquitecturas de la deconstrucción. Dos años después, coincidiendo con una estancia mía en el Getty californiano que me permitió familiarizarme con su persona y con su obra, AV le dedicó una monografía, y otros dos años más tarde, Arquitectura Viva alteró su norma de presentar solo obras construidas en cubierta para mostrar la extraordinaria propuesta bilbaína, el más ambicioso proyecto museístico entonces en curso. Su construcción en 1997 se celebró dedicándole íntegramente un número de Arquitectura Viva, algo que no habíamos hecho hasta entonces ni haríamos después, y la importancia de este Guggenheim para la profesión y para España explica que fuera protagonista del libro que le dediqué en 2021 reuniendo mis artículos sobre el californiano.
Titulado Gehry, artista e icono, el volumen resumía con esos dos términos su perfil creativo y su impacto histórico. ‘Artista’ por la doble circunstancia de que su tránsito ya maduro desde un ejercicio profesional convencional —en una primera etapa trabajando para Victor Gruen, el inventor de los centros comerciales suburbanos, y desde 1962 en su propia oficina— hasta el que le ha hecho célebre se produjera por la influencia de su psicoanalista y del entorno amistoso del mundo del arte, y porque a partir de entonces sus proyectos se hicieron coreográficos, alumbrados por una maraña de líneas que parecen reproducir el movimiento de un bailarín, y escultóricos, modelados desde la maqueta con voluntad de crear formas reconocibles. E ‘icono’ por la también doble condición emblemática de los edificios, que se proponen como objetos memorables, y de sus propios autores, que se convierten en las figuras celebradas a las que se dio el nombre de star architects, y que el propio Gehry ejemplificó al aparecer como personaje en la saga de Los Simpson, acaso la más alta expresión de la fama en el imaginario estadounidense. Ese reconocimiento le llegó hace dos décadas, ocho años después de terminar el Guggenheim Bilbao y cuando estaba próximo a iniciar los que serían sus tres grandes proyectos finales: un rascacielos residencial en Manhattan, 8 Spruce Street, que se inauguraría en 2011; la Fundación Louis Vuitton en París, que abriría sus puertas en 2014; y el Guggenheim Abu Dabi, un museo de arte en los Emiratos, cuya terminación está prevista en 2026, y que será el mayor de los promovidos por la institución neoyorquina.
Aunque Gehry se dio a conocer con su propia casa en 1978, y aunque sería a partir de entonces cuando comienza su carrera ‘artística’ de edificios fragmentados con algún toque pop, influencia de Rauschenberg y Oldenburg, su auténtico annus mirabilis fue 1989, con la apertura en el campus de Vitra de un pequeño museo universalmente celebrado y con la concesión del Premio Pritzker. Ese año terminó también la casa Schnabel, una exquisita residencia en Brentwood que Philip Johnson quiso visitar el año siguiente; el autor tuvo entonces la amabilidad de organizar una cita conjunta para darme la oportunidad de conocer al mítico arquitecto, al que después trataría de forma más continuada a través de Peter Eisenman en Nueva York y en New Canaan. Johnson sería en 1991 comisario del pabellón estadounidense en la Bienal de Venecia, y dedicó su exposición precisamente a Eisenman y Gehry, presentando a este último con su proyecto para el Walt Disney Concert Hall en Los Ángeles. Las obras de este gran edificio sufrieron muchas vicisitudes —no se inauguraría hasta 2003—, lo que dañó la reputación del arquitecto, ya afectada por los extraordinarios sobrecostes de su edificio para el American Center en París, que provocarían la desaparición de la institución y la venta del inmueble al Estado francés, que lo usó para alojar en él la Cinémathèque.
De este momento de baja estima lo rescataría la popularidad del danzante Ginger y Fred en Praga, pero sobre todo el Guggenheim Bilbao, que gracias al uso del programa de la industria aeroespacial CATIA pudo levantar sus formas alabeadas de titanio en presupuesto y plazo, rescatando de paso al entonces muy cuestionado director de la Fundación Guggenheim, Thomas Krens. Pero pocos meses antes de su inauguración tuve ocasión de dar una conferencia sobre la obra en el salón de actos del museo neoyorquino, y pude comprobar la extrema hostilidad del establishment local respecto al californiano, que no era capaz de llevar a término el más importante proyecto cultural de su propia ciudad y había arruinado la mejor embajada artística de Estados Unidos en Francia. Todo esto pertenece ya a la petite histoire de la arquitectura, porque en la gran historia de este arte y esta profesión, el Frank Gehry —né Ephraim Goldberg— que tuve el privilegio de conocer y tratar, en Los Ángeles y en Nueva York, pero también en Bilbao y en Madrid, figura ya como uno de los protagonistas del período que se extiende de la caída del Muro de Berlín a la quiebra de Lehman Brothers: un tiempo optimista, alegre y teatral como las arquitecturas escenográficas del segundo gran Frank.
