
Banda militar y coro durante el desfile del 80 aniversario de la rendición de Japón en la II Guerra Mundial, Pekín (China) © China Daily
El verano no ha sido una pausa somnolienta, sino un tiempo acelerado en la transformación del mundo. Tras el ataque de Estados Unidos a Irán en la última semana de junio, julio vio a Ursula von der Leyen aceptando dócilmente en un club de golf escocés los aranceles de Trump, que en agosto puso en Alaska alfombra roja a Putin rompiendo su aislamiento, para recibir días después en el Despacho Oval a los dirigentes europeos, sentados en corro como escolares para rogar apoyo en la guerra de Ucrania, y septiembre se abrió con un gran desfile en Pekín que hace visible la centralidad geopolítica de China. La conmemoración del 80 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial tuvo lugar de forma simultánea a la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, que reunió en Tianjin a una veintena de mandatarios del Sur Global, entre los cuales el primer ministro indio Narendra Modi, y ambos acontecimientos subrayan el papel de Xi Jinping al frente de un nuevo orden que exhibe a la vez poderío militar y el poder blando de un relato que hace a China garante de la estabilidad internacional.
Muchas de las portadas del estío sugerían la tragedia de una Franja de Gaza cercada por el hambre y por la muerte, pero ese genocidio afecta más a las conciencias que a las cancillerías, porque Israel, un pequeño país de dos millones de habitantes que ha intervenido al mismo tiempo en Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Irán, Yemen y Catar, defiende a la vez los intereses de Occidente —«está haciendo el trabajo sucio por todos nosotros», en palabras del canciller Merz en la última cumbre del G7— y los de saudíes y emiratíes, que tienen a Hamás y Hezbolá como enemigos íntimos. La cruel destrucción del territorio y las vidas palestinas remueve nuestra fibra moral sin alterar apenas el pulso del mundo, que dirime sus mayores pugnas en otras latitudes. El respaldo sin fisuras de Trump a Netanyahu se censura en las universidades y en los festivales de cine, pero no modifica sus apoyos en Estados Unidos ni su capacidad de intimidación en Europa, y todo ello hace de Oriente Medio una región tan presente en la información periodística como alejada de las urgencias existenciales de la geopolítica.
Los líderes de ese nuevo orden que se configura vertiginosamente comparten un autoritarismo de raíces tradicionalistas. El confuciano XI ha sido anfitrión del hinduista Modi, del islamista otomano Erdogan y del ruso ortodoxo Putin, pero su rival Trump no les va a la zaga a la hora de revestir su nacionalismo imperativo con un barniz conservador de continuidad cultural. Y aunque el comportamiento imprevisible y narcisista del presidente americano descomponga a muchos analistas, lo cierto es que, como dice Polonio de Hamlet, hay método en su locura. Por más que muchas de sus decisiones en política internacional parezcan provenir del ecosistema inmobiliario neoyorquino, tanto su empeño en lograr acuerdos como sus objetivos aparentemente más disparatados, de Canadá o Groenlandia al canal de Panamá, tienen una base racional, y no pueden descartarse como meras ocurrencias. El mundo, como dijo Baudelaire de las ciudades, cambia más rápido que el corazón de un mortal, y en esa aceleración del tiempo hay una lógica política, económica y social que nos golpea y nos hiere sin remedio.

Cumbre de la OCS en Tianjin © Alexander Kazakov