
Demostración de la tecnología de reconocimiento facial en la World Artificial Intelligence Conference, Shanghái (China) © Qilai Shen / Bloomberg
Las dos superpotencias son ya autocracias digitales. El modelo autoritario chino, que evita los ciclos electorales de las democracias liberales, y que construye ciudades seguras mediante la proliferación de cámaras de reconocimiento facial, ofrece una vía de desarrollo a los países del Sur Global a través de la Ruta de la Seda digital, seduce con sus avances en robótica o tecnologías verdes, y muestra al mundo que puede haber innovación sin libertad política. Y la revolución cultural en Estados Unidos con el segundo mandato de Trump, apoyado por los magnates tecnológicos, usa el desencantamiento con la democracia para promover un cesarismo que, en sintonía con la ‘Ilustración oscura’, juzga los contrapesos un experimento fallido y afirma su poder personal con una exclusividad que equivale a un cambio de régimen. Carente de capacidades digitales comparables, y fragmentada en un cúmulo de voces, Europa se sitúa en los márgenes geopolíticos mientras asiste al auge de unos populismos que utilizan la ‘fatiga democrática’ para poner en cuestión los sistemas representativos y los marcos normativos existentes.
El capitalismo neoliberal entró en crisis en 2008, pero mientras China sigue defendiendo la globalización económica, el libre comercio y un orden internacional basado en reglas y en instituciones reguladoras, los Estados Unidos de Trump han dado la espalda a las estructuras creadas por ellos mismos tras la II Guerra Mundial, abandonando incluso algunas y dando la oportunidad a la potencia rival para ocupar esos espacios. Paradójicamente, el país asiático abandera la concepción ortodoxa de que la única constante económica es el cambio, de que la cooperación no es un juego de suma cero y de que el avance lineal en el curso del tiempo hacia una mayor prosperidad exige tanto la continuidad en los compromisos como la previsibilidad en las políticas; no menos desconcertantemente, la superpotencia americana preconiza el retorno a una edad dorada, entiende el comercio como una pugna de poder y sueña con un tiempo circular que haga retroceder el mundo al momento de su indisputado liderazgo, mientras actúa con imprevisibilidad azarosa y escaso respeto por acuerdos anteriores o aliados seculares.
El mercantilismo à la Colbert de Trump aparece a menudo en las declaraciones del actual presidente, que hace ya cuatro décadas denunciaba que «Japón se aprovecha de Estados Unidos», lo mismo que ahora dice de Europa, y que pese a ser un magnate de pega, arruinado varias veces, ejerció como capitalista arquetípico en las catorce temporadas de The Apprentice. Sin embargo, no entiende que el capitalismo aborrece la incertidumbre, que su voluntad no es suficiente para resucitar el Rust Belt, y que la democracia no es incompatible con la grandeza americana. Mientras tanto, China abraza un capitalismo en el que a los factores de producción tradicionales —tierra, trabajo y capital, además de tecnología y capacidad empresarial— añaden los datos, entendidos como un recurso esencial para el desarrollo de la inteligencia artificial, y que en su caso son singularmente valiosos por el tamaño de su población y lo somero de su protección, dándole una ventaja acaso decisiva en una gigantomaquia digital cuyo desenlace no asegura el triunfo del orden frente al caos, y aun menos el de la democracia liberal frente al populismo autoritario.[+][+]