Dos académicos distinguidos con el Premio Nacional de Historia han publicado en 2025 libros esenciales para conocernos mejor. El jurista Santiago Muñoz Machado, que lo recibió en 2018 por Hablamos la misma lengua, una historia política del español en América, regresa al continente con De la democracia en Hispanoamérica, que documenta el trayecto de esos países durante los dos siglos transcurridos desde las independencias; y el historiador Juan Francisco Fuentes, que lo ha recibido este año por Bienvenido, Mister Chaplin, su obra sobre la americanización del ocio y la cultura en la España de entreguerras (un fragmento de la cual apareció en Arquitectura Viva 268), vuelve al siglo XX de nuestro país con Hambre de patria, un ensayo sobre la idea de España en el exilio republicano que amplía su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia, leído en noviembre de 2024 bajo el título ‘Numancia errante’. Ambos volúmenes combinan el rigor historiográfico con la defensa de la libertad y la democracia, conquistas frágiles y siempre amenazadas, en nuestro ámbito hispánico y en el resto del mundo.
La monumental obra de Muñoz Machado surge de su interés en el nuevo constitucionalismo latinoamericano, que procura extender los límites de la democracia representativa, y que tras el antecedente de la constitución colombiana de 1991, se ha plasmado en la venezolana de 1999, la ecuatoriana de 2008 y la boliviana de 2009. Son estos textos que relacionan innumerables derechos ciudadanos, tanto individuales como los colectivos de las comunidades originarias y las minorías étnicas, y crean nuevas instituciones, más allá de las legislativas, ejecutivas y judiciales, para instaurar democracias participativas. Aunque están en sintonía con la defensa de los particularismos culturales en las democracias avanzadas, y tienen elementos tan positivos como el reconocimiento de los derechos de la naturaleza, estos movimientos de regeneración democrática se han utilizado para fortalecer regímenes autocráticos que han abolido la alternancia en el poder y eliminado el derecho a la discrepancia política. Para intentar entender el proceso que ha llevado hasta aquí, el director de la Real Academia Española explora la historia de las repúblicas latinoamericanas, desde la formación de los Estados nacionales tras las independencias hasta el populismo y el militarismo de la segunda mitad del siglo XX, pasando por la era de los caudillos, las revoluciones y el imperialismo, que hicieron de la democracia un logro a menudo efímero. Este gran panorama político e intelectual de Hispanoamérica arroja una luz severa sobre los dilemas del presente, y no solo en ese conjunto de países, sino también en una España a la que muchos, influidos por las ideas de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, han querido ver más próxima a la realidad social americana que a las formas democráticas europeas.
El oportuno libro de Fuentes recoge un cúmulo de testimonios de la España peregrina, muchos de ellos epistolares, para mostrar la reflexión angustiada de la diáspora republicana sobre sus errores de los años treinta, su nostalgia dolorosa de la patria y el deseo de consenso y concordia que al propio Azaña había inspirado la ‘musa del escarmiento’. De ese coro de voces surge una imagen escasamente idealizada de la Segunda República, en abierta contradicción con la visión propugnada por los defensores de la que llaman memoria histórica, cuyo protagonismo en la esfera pública se sostiene con muy escasos mimbres documentales. El catedrático de la Universidad Complutense sostiene que «cualesquiera que fueran las diferencias entre los españoles de dentro y de fuera, de derechas y de izquierdas, hubo un tiempo en que prefirieron la paz a la guerra, la libertad a la tiranía, la reconciliación a la revancha y el consenso al enfrentamiento». Y si la revisión autocrítica de la España de los años treinta conducía a un proyecto político sin exclusiones ni sectarismo, no es difícil encontrar ese objetivo en la democracia nacida en la Transición, un logro histórico que el país merece seguir celebrando, por más que exija un esfuerzo permanente de renovación para evitar que el fragor del mundo fracture una existencia siempre frágil.