Necrológicas 

La tradición ecléctica

Robert A.M. Stern (1939-2025)

Necrológicas 

La tradición ecléctica

Robert A.M. Stern (1939-2025)

Luis Fernández-Galiano 
05/12/2025


Robert Stern en el Yale Art and Architecture Building

Sosteniendo un vodka martini y ejerciendo de atento anfitrión en su loft de Chapel Street durante sus dieciocho años como decano de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Yale: tal es el mejor retrato del arquitecto que murió el 27 de noviembre en su casa de Manhattan. Aunque su tradicionalismo ecléctico permitió a su oficina realizar dos mil edificios adaptándose al entorno construido de diferentes regiones del país, fue esa misma devoción por el contexto y por la historia la que le valió las críticas más severas, al entender su recurso a la memoria como un vacuo ejercicio de nostalgia. En contraste, su etapa de Yale recibió elogios unánimes, porque su versatilidad desprejuiciada dinamizó la escuela concentrando en ella un cúmulo de talentos diversos, que orquestó con inteligencia y energía repartiendo su semana entre Nueva York y New Haven.

Stern había sido allí estudiante entre 1960 y 1965, y, recordando las fiestas del entonces decano Paul Rudolph en su casa de High Street, puso en marcha sus ‘martini receptions’ en un apartamento que combinaba una ornamentada fachada de terracota de principios del siglo XX que enmarcaba grandes ventanales sobre el green del campus y un interior minimalista con un gran vinilo de Roy Lichtenstein en una de las paredes: esas recepciones de los miércoles para profesores, arquitectos visitantes y alumnos seleccionados —en las que, además de los canapés y los vodka martinis, solo se servía vino blanco para proteger la moqueta inmaculada de los riesgos del tinto— son un buen ejemplo del talante refinado y exigente de quien supo suministrar una elegancia de otra época a instituciones de élite y a clientes adinerados.

El extraordinario éxito comercial de quien se definía como un chico judío de Brooklyn no se basó solo en su habilidad para ser neoclásico en la Universidad de Virginia, neogótico en Yale, colonial en California o años treinta en Nueva York, ni tampoco en sus considerables dotes sociales o su extensa red de contactos, sino en su dedicación intelectual sin pausa y su ambición profesional sin límites. Sin su trabajo como cronista de la posmodernidad o del clasicismo moderno, y como historiador de la ciudad jardín o de la arquitectura de Nueva York —esta última en una colosal y enciclopédica serie de cinco volúmenes—, no se entienden sus obras, que incluyen residencias en los Hamptons, bibliotecas, facultades y colleges en diferentes campus universitarios, resorts como los de Disney en Florida, edificios emblemáticos como el George W. Bush Presidential Center en Dallas, museos como el de Norman Rockwell en Stockbridge o el de la Revolución americana en Filadelfia.

En esa ciudad se levanta también el rascacielos sede de la compañía Comcast, uno de sus muchos edificios en altura, en su mayoría ubicados en Nueva York y con uso residencial, como el que probablemente sea su realización más conocida y el proyecto inmobiliario más caro y lujoso de la Gran Manzana: las dos torres forradas en piedra caliza de 15 Central Park West, que rompen con la estética moderna de vidrio y acero para evocar la arquitectura neoyorquina de entreguerras. Anacrónicas o contextuales, las realizaciones de este arquitecto menudo e impaciente, que dirigió una oficina de trescientas personas mientras seguía dibujando a mano, se reunieron en una decena de volúmenes de dimensiones XL editados por su amigo Gianfranco Monacelli, y forman el legado monumental de quien tituló su autobiografía Between Memory and Invention, reseñada en Arquitectura Viva 250 (2022). 

Activo promotor de aventuras críticas o editoriales —siempre más próximo a las tesis historicistas de Vincent Scully que a las formalistas de Colin Rowe— y durante un tiempo profesor en la Universidad de Columbia, donde se había formado antes de estudiar en Yale, Stern fue al cabo heredero del manto de su admirado Philip Johnson —cuya vida recogió en diez cintas míticas, publicadas póstumamente y de las que se dio cuenta en Arquitectura Viva 121 (2008)— como árbitro cultural de la escena arquitectónica neoyorquina. Ese protagonismo público, que incluyó la presentación de una serie documental sobre la arquitectura estadounidense, Pride of Place, lo hizo compatible con el trabajo profesional en la oficina fundada en 1977.

Dos décadas después, en 1998, recibió la oferta del decanato de Yale, una escuela anquilosada frente al fulgor teórico de Columbia, Princeton o Harvard, pero que bajo su impulso se convirtió en la más vibrante del país. Allí, en lugar de promover una agenda tradicionalista, reunió a profesores tan diferentes como Peter Eisenman o Léon Krier, invitó a intervenir a figuras como Frank Gehry o Zaha Hadid, e incorporó en los jurados de proyectos a promotores e ingenieros para inyectar en la escuela diversidad, celebridad y realidad. Y aunque añadió al campus dos nuevos colleges residenciales neogóticos, también renovó y amplió el brutalista Art and Architecture Building de Paul Rudolph, una obra de 1963 que ahora se conoce como Rudolph Hall en homenaje al arquitecto.

Mientras estuve como fellow en el Whitney Humanities Center de esa universidad tuve ocasión de participar en jurados, debates públicos, fiestas y cenas con Bob Stern, y beneficiarme en todas las ocasiones de su inteligencia abrasiva y de su generosidad pedagógica. Conservamos el contacto editorial y epistolar hasta la pandemia, pero el deterioro de su sistema inmunológico lo mantuvo enclaustrado en casa desde entonces, y las noticias solo llegaron a través de su amigo Eisenman, a quien este triste momento de despedida ha sorprendido en Londres, y con el que espero un día brindar en su recuerdo con un vodka martini. 

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Robert Stern, 15 Central Park West en Nueva YorK


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