
El profesor emérito de Estadística en Yale Edward Tufte ha publicado, a lo largo de cuarenta años, cinco volúmenes admirables sobre el razonamiento visual. Escritos, diseñados, editados y distribuidos por él mismo, este quinteto le ha valido ser considerado el ‘Galileo de la gráfica’ (Bloomberg) o el ‘Leonardo de los datos’ (NYT), y ha recibido elogios entusiastas de personajes como los historiadores del arte Rudolf Arnheim o Martin Kemp, los arquitectos Robert Venturi y Denise Scott Brown, el arquitecto y diseñador gráfico Saul Wurman o el creador del Whole Earth Catalog Stewart Brand. Con esas credenciales deslumbrantes, no cabe sino recomendarlo vivamente a cualquiera que se interese por la presentación gráfica de datos, o lo que llama 'the thinking eye'.
Ya desde el primer libro se propuso extender hasta nuestros días la estadística gráfica de la que fueron pioneros, en el siglo XIX, William Playfair, Charles-Joseph Minard y Étienne-Jules Marey, cuyos horarios de tren París-Lyon se reproducen en la portada; Minard, famoso por los diagramas de la campaña rusa de Napoleón, y cuyo ‘sistema’ se reseñó en Arquitectura Viva 214, es el héroe del volumen, junto a John Snow y su cartografía del cólera en Londres de 1854. Inevitablemente, los libros siguientes regresan con diferente énfasis a los mismos asuntos, y tanto Playfair como Minard, Marey y Snow vuelven a aparecer en el relato, compartiendo protagonismo gráfico con las notaciones para la danza, las consideraciones tipográficas, las genealogías artísticas de Alfred Barr o Ad Reinhardt, la belleza exacta de Hypnerotomachia Poliphili —cuya condición de storyboard se subraya comparando la secuencia de sus imágenes con las de Alfred Hitchcock en North by Northwest—, los dibujos lunares de Galileo, las anotaciones de Yehudi Menuhin sobre una partitura de Bach, los dibujos de Steinberg, los caligramas de Apollinaire o los diagramas de Feynman, que, por cierto, se reproducen en la portada del último volumen.
Tufte cita en varias ocasiones a Pugin a través de Venturi —«Está bien decorar la construcción, pero nunca construir la decoración»— para apoyar su defensa del minimalismo gráfico frente a la exuberancia ornamental, y en los tomos segundo y quinto analiza en detalle dos obras de la arquitecta Maya Lin, el Vietnam Veterans Memorial de Washington y la Women’s Table en Yale, elogiando los abundantes datos que contienen pese a lo lacónico del lenguaje y lo escueto de los medios empleados, algo que entra en sintonía con su defensa de la menor cantidad de tinta para transmitir la mayor cantidad de información. Durante las últimas dos décadas, el autor ha dedicado sus mejores energías a la construcción de esculturas monumentales, un centenar de las cuales se exponen en una finca de noventa y cinco hectáreas en Connecticut, convertida en parque artístico abierto al público: un desplazamiento de la estadística a la escultura y del papel al paisaje que seguramente explica la mayor presencia del arte en los dos últimos volúmenes. Las esculturas propias que reproduce en estas entregas finales son desconcertantes, pero a alguien que prologa su libro postrero con ‘el ojo que piensa’ se le perdona todo.