Isabel Muñoz, Göbekli Tepe, 2022

Conmovidos por los urbicidios de Ucrania y Gaza, e impotentes frente al vendaval de conflictos que está transformado el mundo, quizá conviene dar un paso atrás ante las urgencias geopolíticas y celebrar la capacidad civilizatoria de la arquitectura volviendo la mirada hacia sus orígenes. En relatos simétricos, los dos más influyentes tratados clásicos sitúan el origen mítico de la arquitectura en la fogata en torno a la cual se congrega la tribu o en la cabaña donde se refugia del clima y los animales: Vitruvio en De architectura encuentra en el fuego «el principio de los edificios» y Alberti en De re aedificatoria defiende «el techo y la pared» como genuina infancia de la arquitectura. Pero combustión y construcción coexisten en todas las culturas, y los arqueólogos saben que la aparición de la arquitectura y la ciudad está vinculada a la revolución neolítica, con el desarrollo de la agricultura y la conversión de los cazadores-recolectores en sedentarios. Sin poner en cuestión ese vínculo, la excavación reciente de un conjunto de recintos ceremoniales en Anatolia obliga a revisar la secuencia: no es la agricultura la que genera el sedentarismo, sino los asentamientos permanentes los que facilitan la domesticación de animales y el cultivo.

Gracias a la embajadora de España en Turquía, Cristina Latorre, un grupo de arquitectos tuvimos ocasión en septiembre de celebrar seminarios con colegas en Ankara, Estambul y Sanliurfa. Esta última ciudad es el centro de la zona arqueológica donde se enclavan los yacimientos de Göbekli Tepe y Karahan Tepe, objeto de sendas visitas con el director de las excavaciones, Necmi Karul. Situada en la Ruta de la Seda y conocida como ‘ciudad de los Profetas’ por ser el lugar de nacimiento de Abraham y Job, Sanliurfa está ubicada en la Mesopotamia turca, cerca de los ríos Tigris y Eúfrates que asociamos al inicio de la civilización, y alberga un colosal museo donde se exhiben los hallazgos neolíticos que documentan la ‘gran transformación’ producida hace 11.700 años que dio lugar a las arquitecturas primeras y a los primeros asentamientos. Aunque estacionales en el Pleistoceno tardío, estos se hicieron permanentes en el Holoceno que siguió a la última glaciación, y aparecen conjuntos neolíticos anteriores a la cerámica donde se agrupan poblaciones densas de los que aún son cazadores-recolectores, pero que ya tienen edificios comunitarios, arquitectura monumental y una rica tradición artística con figuras simbólicas de animales.

En Göbekli Tepe y Karahan Tepe, el rasgo más característico son los colosales pilares monolíticos en forma de T, dispuestos en círculo para sostener la techumbre, y que son representaciones estilizadas de la forma humana. Extraídos con herramientas de pedernal y obsidiana de canteras de piedra caliza, llegan a tener hasta seis metros de altura y diez toneladas de peso, lo que da una idea del esfuerzo colectivo para conformarlos y transportarlos, y en ellos aparecen esculpidas una gran variedad de figuras, entre las cuales buitres, osos y toros. Los conjuntos han llegado hasta nosotros enterrados por la acumulación de sedimentos o por desplazamientos del terreno, y esos fenómenos han tenido el resultado de conservarlos casi intactos; de manera que, al retirar las tierras de relleno, los recintos recuperan su grandiosidad monumental. Los hallazgos paleobotánicos de estas excavaciones han revisado la historia de la revolución neolítica y la historia también de las arquitecturas primeras y los orígenes urbanos, así que es fácil entender que la gran fotógrafa Isabel Muñoz titulara ‘Una nueva historia’ la exposición de sus imágenes de estos recintos primordiales, que aquí ilustran esta breve nota sobre la centralidad civilizatoria de la arquitectura.[+][+]

Isabel Muñoz, Sayburç, 2022


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