
The Grand Budapest Hotel, 2014
Un error habitual entre los malos directores de arte: cuando intentan recrear una época pasada —por ejemplo, los años sesenta— llenan los decorados con elementos arquitectónicos y objetos del momento: muebles curvos, lámparas psicodélicas, vinilos, radios portátiles. El resultado suele ser una imagen idealizada y artificial, la fantasía de un tiempo sublimado hasta parecer más real que lo real. Olvidan que en cualquier lugar conviven múltiples capas de tiempo y materiales: fachadas de etapas yuxtapuestas, muebles heredados, retratos decimonónicos colgados en paredes recién pintadas. La representación verosímil de un período no se consigue acumulando sus signos más reconocibles, sino comprendiendo cómo el tiempo se deposita y permanece en los lugares...[+]