
Reeditar es un verbo sintomático, reiterativo y benéfico. Significa que la obra ha encontrado su lugar en el mundo, y que el sitio al que se encamina es receptivo y desahogado. Augura que hay vacíos en las bibliotecas esperando. El que La vida de la materia, aparecida originalmente en 2018 (véase Arquitectura Viva 208), haya sido revisada, ampliada e impresa de nuevo, aunque con un subtítulo diferente, es una buena noticia para la arquitectura. La producción literoarquitectónica del autor avanza con paso seguro, no circunferencialmente, sino en espiral: por la rampa ascendente del helicoide de la linterna babélica de Sant’Ivo alla Sapienza.
«Hoy he escrito en mi cuaderno: la única verdad es el cuerpo», afirmó Héctor Tizón en La casa y el viento (1984). La verdad de la arquitectura es la materia, reitera Eduardo Prieto. O quizá en lo que insiste es en que la arquitectura material es la más sólida y auténtica. «Soy materia, soy esencialmente reordenación de materiales, recomposición de sustancias», le hace decir el filósofo en su ensayo, con la pulcritud quirúrgica que caracteriza su escritura, el arte y la existencia, el inconsciente y la arquitectura. «He querido decir mi cuerpo; el límite tangible de todas mis dudas, de mis deseos, de todas las polémicas», añadió el juez de Jujuy en aquella lúcida novela argentina en la que el viento desordena las habitaciones y las transforma en estructuras verbales.
La arquitectura es un límite tangible, un cuerpo, un conjunto de polémicas, sugiere quien también se ocupó con maestría de los vientos domésticos y los espíritus en Los laberintos del aire. Su teoría quizá postula que polvo somos y que, en harina, en ceniza o en semillas, nos convertiremos antes de volver a la tierra de la que procedemos: que la vida y la materia son indiscernibles. Que la arquitectura y el arte no son estados de ánimo sino estados de la materia: formas de vida potenciales.