Opinión 

Fantasmas presentes

Opinión 

Fantasmas presentes

Luis Fernández-Galiano 
01/11/2025


Al doblar el cabo de los sesenta años, y tras más de un cuarto de siglo trabajando juntos en el estudio que fundaron en 1998, Eva Prats y Ricardo Flores pueden hacer un balance retrospectivo que será inevitablemente introspectivo. Nacidos ambos en 1965, ella en Barcelona y él en Buenos Aires, y titulados los dos en 1992 en sus ciudades de origen, sus caminos se enredan desde el año siguiente en el estudio barcelonés de Enric Miralles. Eva había trabajado desde 1986, todavía estudiante, en el despacho de Miralles y Pinós, siguiendo con el arquitecto tras la separación de Carme en 1991 y dejándolo en 1994 para crear su propio estudio; Ricardo, después de cuatro años de experiencia laboral en diferentes oficinas de Buenos Aires, como estudiante primero y como arquitecto después, cruzó el Atlántico en 1993 para cursar un máster e incorporarse al estudio de Miralles, donde permaneció hasta que se puso en marcha el despacho conjunto

Flores & Prats. Autores de una obra escasa e intensa, ambos han hecho compatible el ejercicio profesional con la actividad académica internacional, al doctorarse Ricardo en 2016 en Barcelona y Eva en 2019 en Melbourne.

Su trabajo, con hitos que se extienden desde el Museo de los Molinos, que se termina en 2002, hasta el centro cultural Casal Balaguer o la Sala Beckett, inauguradas ambas obras en 2016, ha sido objeto de reconocimientos múltiples, como atestiguan las nominaciones al Premio Mies en 2005, 2015, 2016 y 2017, o su presencia en cuatro ediciones de la Bienal veneciana, dentro de muestras colectivas en 2014 y 2016, e individuales en 2018 y 2023. Obtenidos a menudo en concursos, sus proyectos se han concentrado por voluntad o azar en tres áreas arquitectónicas: la intervención en edificios existentes, la vivienda social con una dimensión comunitaria y el espacio público configurado mediante la participación vecinal. En todos los casos han aplicado el mismo método: el dibujo minucioso y obsesivo tanto de lo que encuentran como de lo que proponen; el respeto por las huellas del tiempo y por los restos que atestiguan el paso de otras gentes y otras vidas; y el reúso de todo lo que pueda hallarse, sin temer que eso conduzca a obras más imperfectas, porque a cambio se evita el despilfarro, y se obtiene riqueza de referencias y densidad emocional.

Flores y Prats se aproximan al proyecto recabando la presencia de los fantasmas que habitan el lugar, y ello en un doble sentido: invocando a los espíritus o espectros desvanecidos que han dejado el perfil de su sombra marcada en los muros, o el hueco de su presencia en la tierra removida; o convocando las fantasías inconscientes que se ocultan en el tejido de trazas que ha señalado el transcurrir del tiempo, en espera de la excavación analítica que las saque a la luz. El arte y la comunicación se apoyan, como sabía Steiner, en una realidad trascendente, y esas presencias reales están en restos de policromía, tochos desechados o cerchas redundantes, hallazgos o herencias que pueden usarse en edificios de segunda mano como el pintor Solana vestía trajes de segundo cuerpo. En esa comunión con fantasmas entre ruinas materiales y residuos espirituales reside la generosidad y el talento de unos arquitectos que, tanteando en la penumbra el diálogo posible con esos otros habitantes pretéritos, descubren asombrados que los otros son ellos: su cartografía cuidadosa de las huellas y los ecos no ha hecho sino dibujar el retrato exacto de Eva Prats y Ricardo Flores.


Etiquetas incluidas: