
Vicente Moreno García-Mansilla ha culminado un logro excepcional, la interpretación de los signos paleolíticos del arte rupestre como mapas del territorio o como planos de las cuevas donde se han hallado. En una aventura del conocimiento que he tenido el privilegio de seguir, primero a través de tres artículos científicos de 2022, 2024 y 2025, y ahora mediante su monumental El atlas rupestre, el hermano gemelo del añorado arquitecto Luis Moreno García-Mansilla ha abordado la tarea colosal e imposible de descifrar los enigmáticos dibujos grabados en la roca, a menudo junto a pinturas, durante el Paleolítico superior. Ingeniero naval, Vicente desarrolló su carrera en Accenture, y en 2015 dejó la presidencia de la compañía para iniciar una etapa de consejero independiente e investigador autónomo, impulsado por la curiosidad que le llevó a explorar la zona próxima a Gibraltar donde se levantan las casas construidas por Mansilla y Tuñón para los dos hermanos. La primera intuición, que asociaba un dibujo de hace 15.000 años en la cueva de las Estrellas con el territorio del sur de Cádiz donde se localiza, se presentó cautelosamente como una conjetura sobre ‘un posible mapa paleolítico’ en el artículo de 2022, pero las publicaciones subsiguientes ampliaron el número de casos estudiados y la solidez de la hipótesis, para conducir a la deslumbrante síntesis actual.
El autor nos recuerda que la ciencia no puede ignorar la contribución de los aficionados o diletantes, que siendo legos como él mismo han llegado a hacer grandes descubrimientos, y así el empresario Schliemann usando el texto de la Ilíada para hallar Troya o la tumba de Agamenón, el juez Jones transcribiendo por primera vez el sánscrito o el militar Rawlinson haciendo lo propio con el acadio. Moreno menciona también al médico Young y al profesor de Historia Champollion descifrando el lenguaje jeroglífico egipcio, y aquí no me resisto a añadir al arquitecto Michael Ventris, que en 1952 descifró la escritura lineal B al interpretarla como una forma arcaica de griego, conectando así la civilización micénica con la Grecia clásica. La desconfianza ante muchos de estos logros tiene quizá su mejor expresión en el abogado Marcelino Sanz de Sautuola, que no vivió para ver reconocida la autenticidad de su gran descubrimiento, la cueva de Altamira, cuyas pinturas fueron juzgadas modernas hasta los posteriores hallazgos de Henri Breuil, que provocaron el famoso ‘Mea culpa d’un sceptique’ de su principal crítico, Émile Cartailhac. Y no hace falta mencionar tampoco las dudas ante la Dama de Elche, cuya perfección, lo mismo que la de los bisontes de Altamira, permitió a algunos poner en cuestión su antigüedad.
La solidez de la investigación de Vicente Moreno, que a las comprobaciones arqueológicas y cartográficas ha añadido muy sofisticados análisis matemáticos y estadísticos, debería ser suficiente para enfrentarse al escepticismo con que se reciben las propuestas interpretativas, pero su trabajo tiene tal ambición y trascendencia que no faltará un debate científico. Se presentan aquí, como reza el subtítulo de la obra, ‘los primeros mapas de la humanidad’, y estos signos paleolíticos descifrados en las cuevas de Altamira, El Castillo, La Pasiega, La Pileta, Estrellas y Palomas componen un fresco tan fascinante sobre la capacidad de abstracción y representación espacial de nuestros ancestros que no se puede sino saludar El atlas rupestre como una contribución fundamental al conocimiento de los orígenes de la cartografía y el pensamiento simbólico. El trayecto del autor desde el estrecho de Gibraltar hasta Cantabria buscando verificar sus hipótesis y confirmar sus descubrimientos ha sido también un viaje en el tiempo en que querría haber estado acompañado por su hermano gemelo, a quien se dedica la obra.