
Esta publicación refleja bien la situación del poblado marítimo de El Cabanyal, tanto en su paisaje físico, como en el social. Charnela entre la gran ciudad, el Cap i Casal y el mar, esta pieza urbana adherida a El Grau fue rescatada del desarrollismo y el abandono, ya en democracia, gracias a la resistencia de sus vecinos, organizados en la asociación Salvem El Cabanyal. Ellos han mantenido viva la batalla durante años, apoyados por arquitectos y organizaciones culturales, y con el último Ayuntamiento progresista han conseguido que el barrio entre en las preocupaciones municipales.
Cancelados los sucesivos planes de ordenación oficiales, por entenderse inoperantes y ciegos a la realidad, la revitalización de este poblat marítim está en la senda del buen urbanismo: aquel que se piensa desde las aspiraciones de sus habitantes y el saber de la arquitectura. De una ‘arquitectura conciliadora’, según David Estal, que trae a la memoria las palabras de Manuel de Solà-Morales cuando afirmaba que «no hay nada que haga tanta ciudad como un buen edificio». Y añado: en su justo lugar, en una buena calle.
Ahora que se ha encomendado al poder financiero el desarrollo de nuestras ciudades, merece la pena divulgar y defender ejemplos de resistencia y ensayos de nuevas políticas urbanas. Como valenciano y como arquitecto dedicado, durante décadas, a la defensa de la ciudad, valoro especialmente esta experiencia. Estoy convencido de que la buena salud de la fábrica construida refleja la buena salud de los ciudadanos y el buen gobierno de la ciudad. Y de que, por el contrario, las malformaciones morfológicas son la manifestación más clara del abandono de la ciudad, dejada en manos ineficientes, incultas e injustas. Cuando no corruptas.
Por todo ello me atrevo a recomendar esta lectura al tiempo que hago público mi agradecimiento a los vecinos de El Cabanyal y a los arquitectos que, juntos, han defendido el patrimonio de este histórico poblat marítim. Han hecho evidente su valor en la Valencia venidera.